El Pendón de Aguere: vergüenza y rabia
Francisco Javier González
Este 27 de julio, como me sucede desde hace unos años, los avatares estivales no me han permitido pasar físicamente el día en mi Aguere natal, pero he de decir que mi corazón y mi ánimo estaban en la Plaza de Abajo con las personas, especialmente los jóvenes, que han dado una lección de dignidad histórica, tanto a la alienada clase política que los laguneros hemos elegido para regir los destinos del Ayuntamiento matriz de la isla, como a todos los que creemos que esta Canarias nuestra es una Nación como cualquier otra aunque se la mantenga aún en el marco de un Estado exógeno y colonial, e incluso a aquellos que, no cuestionando siquiera la pertenencia a ese Estado fuereño, poseen ese sentimiento que nos hace identificarnos como canarios.
Cada año, ese día de San Cristobal, la ciudad conmemora el aniversario de su fundación, ya más que mediomilenaria, conmemoración que estableció una Ordenanza Municipal del siglo XVI para que se celebrase con una procesión en la ermita y a su término hubiera fuegos, carreras de caballos, teatro, danzas y diversiones varias para celebrar ese día, pagadas por el Concejo de Aguere. En esas fiestas no figuraba para nada la presencia del Pendón que enarboló Alonso Fernández de Lugo en la conquista de Tenerife, enseña estrictamente militar que, eso si, presidió el decapitamiento, una vez alevosamente muerto por Buendía en la Batalla de Aguere, de Achimenchia-Tinguaro, clavando luego su cabeza en una pica en San Roque para escarnio y advertencia a los vencidos guanches. Ese Pendón, símbolo del dominio militar sobre un pueblo al que se redujo a la esclavitud, ni siquiera pertenecía entonces al Cabildo, ni luego al Concejo Municipal, sino a la representación del estamento militar colonial español, estando hasta casi el siglo XIX en poder del Alférez Mayor que lo depositaba en su propio domicilio.
Creo que es posterior a las Cortes gaditanas cuando el Cabildo, entonces con sede en Aguere, se convierte en custodio del Pendón de los Alféreces y, probablemente, sea mucho después de mediado el siglo cuando se incien las "Procesiones del Pendón", barnizando así con el trasfondo religioso que impregna toda la vida pública lagunera, a los actos "cívico-militares" en los que la conmemoración de la fundación de la Ciudad de Aguere sirve de disculpa para dar salida a la nostalgia de cuatro nobles conquistadores, venidos a menos y conscientes de la progresiva pérdida de influencia en el acontecer de la isla, que, de esta forma daban una triste satisfacción a su aristocrático ego lastimado.
El lagunero de a pie, pueblo eminentemente artesano y labrador, asume como propios durante mucho tiempo estos sentimientos de orgullo frustrado, de inferiorización de ciudad moribunda frente a la pujanza que, a fines del XIX y principios del XX, mostraban ciudades como Santa Cruz o Las Palmas, a las que la españolizante y decadente aristocracia de La Laguna siempre consideró como rivales que le habían arrebatado una supuesta grandeza anterior. Si a eso añadimos siglos de aculturación forzada machacando permanentemente sobre un analfabetismo brutal de las capas populares (94% en 1850) se entiende que terminen por creerse mentiras históricas como la desaparición del Pueblo Guanche, mentiras sostenidas hasta mi generación, nacida con el fascismo español, que conocía más a Indívil y Mandonio o a Viriato que a Bencomo, Tinguaro, Bentejuí o Tanausú y que negaba acríticamente no solo nuestro propio mestizaje de profunda raiz amazigh, sino incluso nuestra realidad geográfica. Este es nuestro pueblo lagunero real -extrapolable a la generalidad de los canarios- el que durante años ha sentido una oscura satisfacción en esas alienantes procesiones cívico-militares del Pendón, que restriegan por la faz de los descendientes de los colonizados y esclavizados a la enseña que representa justamente al criminal que los esclavizó.
Hoy, cuando gracias al esfuerzo de muchos canarios en el último medio siglo, la verdad histórica de lo que fue la conquista y colonización española, de lo que es el mestizaje de nuestra población, de que nuestra sangre guanche no solo no ha desaparecido sino que conforma gran parte de nuestro patrimonio genético, es hora de acabar con las mascaradas que nos retrotraen a las páginas más negras y macabras de nuestra historia. Por ello, aunque sea en la distancia, quiero prestar mi apoyo a los que han rescatado nuestra dignidad colectiva, enfrentándose, además de a la brutalidad represora policial que causa mi rabia interna, a la actitud, profundamente colonialista y antihistórica, de una corporación municipal que, por autoproclamarse como nacionalista, desata mi vergüenza.
VERGÜENZA Y RABIA que me produce la mascarada del Pendón de Aguere, pero mitigadas por la esperanza de que ha comenzado una nueva etapa en la historia de mi Ciudad de Aguere que, aunque les pese a los retrógrados amantes de los símbolos coloniales y de su aplicación y significado, ya no tiene retroceso. El Pendón de Aguere terminará, más pronto que tarde, en el lugar donde hace mucho tiempo que debiera estar. En el Museo de la Historia.