La principal
característica evolutiva del ser humano es haberse adaptado a una dieta muy variada.
Desde el punto de vista energético se trata de establecer un equilibrio entre las
kilocalorías aportadas por la dieta y las que se necesitan para realizar las funciones
vitales: relación, nutrición y reproducción, lo que lleva emparejado las
correspondientes consecuencias adaptativas. Las funciones de relación incluyen todos los
procesos de integración del individuo y sus relaciones con el ambiente (funcionamiento de
los sistemas nervioso, inmunológico y hormonal, aparato locomotor y tegumentario. Sólo
el cerebro necesita para su funcionamiento diario 400 kilocalorías). Las funciones de
nutrición engloban los aparatos digestivo, respiratorio, circulatorio y excretor. Las
funciones de reproducción necesitan aporte energético para el mantenimiento de la
descendencia como objetivo básico de cada organismo; además en las hembras hay que
considerar unas necesidades específicas del embarazo y la lactancia.
La satisfacción de estas necesidades depende directamente del entorno.
Las diferentes especies de Australopithecus poseían adaptaciones óseas y
dentarias apropiadas al consumo de alimentos vegetales duros y de bajo aporte energético,
como las hojas, que aportan mucha fibra, pero de las que apenas obtenían 20 kilocalorías
por cada 200 gramos (g). Las especies más evolucionadas, como el A. robustus, se
habían adaptado para masticar vegetales ricos en fibra: la parte superior del cráneo
poseía una cresta sagital, pómulos muy desarrollados, potentes molares con un esmalte
muy grueso. En contraposición los incisivos y caninos estaban poco desarrollados. Los
primeros componentes del género Homo probablemente evolucionaron a partir del A.
graciles. Poseían un rostro mucho menor, así como pómulos más pequeños y molares
y premolares más reducidos, con esmalte más fino. Por el contrario, los incisivos eran
más grandes. Su cuerpo era mayor. Todas estas características que el consumo de carne
era habitual en su dieta, aún siendo mayoritario el componente vegetal de la misma.
Tampoco eran exclusivamente vegetarianos los Australopithecus, si bien su consumo
de carne era esporádico. Esta adaptación a la dieta transcurrió en un proceso evolutivo
de millones de años. El factor cronológico es imprescindible para comprender la
evolución.
La reducción de molares y premolares en el género Homo indicaba el cambio
en la textura de los alimentos, que ya no necesitaban tanto trabajo para masticarlos.

Cráneo de Australopithecus
africanus (izquierda) comparado con Homo habilis
En cuanto a las adaptaciones del tubo digestivo no parece que haya
experimentado en el ser humano grandes cambios con respecto al del antepasado común con
el resto de los primates. Actualmente tenemos un tubo digestivo pequeño en proporción al
tamaño corporal. Otra diferencia adicional es que nuestro intestino delgado corresponde
al tramo mayor de tubo digestivo, contrariamente a los simios, cuya porción mayor es el
colon o intestino grueso.
Muchas hipótesis se han emitido para explicar los cambios anatómicos y
funcionales sobrevenidos, como por ejemplo que el bipedismo enfrió algo el cerebro,
desbloqueando el crecimiento del mismo. Algunos investigadores han propuesto la variedad
de la dieta, como origen de desarrollo
cerebral. El cerebro del mono araña pesa casi el doble que el cerebro de los monos
aulladores. La base de la dieta de estos son hojas jóvenes, mientras que la de aquellos
son frutos ¿Explica esto las diferencias cerebrales entre ambos? El intestino grueso de
los monos aulladores es bastante más ancho y largo que el de los monos araña. Los simios
también poseen un colon mas largo que los humanos. Estos aspectos morfológicos, sobre
todo la longitud del intestino delgado, influyen en la cantidad de nutrientes que se
absorben. Para algunos investigadores la cocción de los alimentos, especialmente los
tubérculos, hubiera facilitado la expansión del cerebro.
Los alimentos guisados ablandan su textura y su digestibilidad, aportando más
nutrientes al organismo desde el intestino. Las adaptaciones faciales y dentarias
descritas anteriormente tendrían este origen probablemente, pues no se explicarían tales
cambios anatómicos por el mero hecho de introducir un alimento más blando en la dieta,
como la carne; la base de la alimentación seguía
siendo los vegetales, pero el mayor desarrollo cerebral desechaba las más duras y
correosas hojas, centrándose en las más
tiernas, así como en los frutos y, como no, en la cocción de los resistentes vegetales.
Es el origen de nuestros potajes ¿Será también lo que desencadenó el crecimiento
cerebral?
*Doctor en
Biología