La esperanza emancipadora
P. Luis Barrios
"En una ocasión se encontraba en esta sinagoga un hombre que estaba en poder de un espíritu malo. Y se puso a gritar: ¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a derrocarnos? Yo te he reconocido. Tú eres el Santo de Dios. Jesús le hizo frente con autoridad: ¡Cállate y sal de ese hombre!" (Marcos 1:23-26).
Yo no tengo la menor duda de que la maldad existe y la misma tiende a manifestarse en nuestro diario vivir de diferentes maneras. En nuestros medios existen personas y estructuras, las cuales están poseídas por los demonios de la egolatría, individualismo, narcisismo y materialismo, por sólo mencionar algunos. Sus vidas se distinguen por demostrar el hipnotismo y magnetismo de quiénes les controlan y someten a vivir bajo la inmovilización y la inercia. Estas personas y estructuras requieren de una especie de exorcismo socio-espiritual para lograr su emancipación, su liberación de cualquier clase de subordinación o dependencia. Por esto, nuestra esperanza debe ser emancipadora. La narrativa bíblica del Evangelio de Marcos, nos dice que Jesús le hizo frente, con autoridad, a la maldad manifestada en un ser humano. En nuestra esperanza emancipadora somos llamados/as a confrontar con autoridad toda clase de maldad que atenta contra la preservación de la humanidad, sean estas a un nivel personal o estructural.
Cuando nos emprendemos en esta esperanza emancipadora es necesario tener muy claro varias cosas. Por un lado, la esperanza emancipadora no busca privilegios, de lo contrario pasa a ser un negocio en donde revendemos lo que se supone son derechos inalienables de todo ser humano: la libertad y la felicidad. Este asunto ha sido de gran división en las prácticas de movimientos de liberación, ya sean, culturales, políticos, religiosos, género, sociales, etc. Una pregunta diabólica que mancha y contamina cualquier proceso de emancipación es la siguiente; ¿qué beneficios me tocan a mí en todo esto? Por otro lado, y esto sin sonar vacilante, me parece que también es posible que si reorientamos y reorganizamos la adquisición de esos beneficios pudiéramos encontrarle mayor cabida dentro de la emancipación. Por ejemplo, ¿Qué tal si en vez de buscar beneficios personales, como lo es la compensación monetaria y el reconocimiento social, buscamos los beneficios comunitarios? O sea, socializar los beneficios a tal grado que saber que personas o estructuras han sido emancipadas me produce una satisfacción personal.
Este asunto, discutido anteriormente, está fuertemente ligado a lo que en los procesos de emancipación podríamos llamar sacrificio. Yo no tengo la menor duda de que el sacrificio es necesario. Esto es como un deber divino. Ahora bien, y aquí es que está la solución al problema -me parece a mí- si el sacrificio personal no tiene la capacidad de transformarse en un deber colectivo que produzca satisfacción personal, entonces se transforma en enojo llegando hasta el extremo de dirigir esos sentimientos negativos y frustración hacia uno/a mismo/a y/o hacia la colectividad. Muchas veces, este coraje y frustración se manifiestan despreciando lo que antes era mi amor: la lucha por la emancipación. Las personas que consideran este dolor inevitable, tarde o temprano abandonaran la lucha, buscaran cien excusas para no volver, y por lo menos una para no seguir. Esta ha sido, a mi juicio, una de las razones fundamentales por las cuales hemos perdido tanta gente buena en los movimientos de liberación. Sin embargo, es necesario recordar constantemente que ser personas íntegras es ser personas rectas e intachables, fieles a lo que creemos. La integridad, así como el sacrificio personal, son virtudes morales que no debemos perder en ningún momento. Por otro lado, hace mucho tiempo que aprendí de gente muy buena cómo convertir el deber o el sacrificio, en felicidad. Por esto, en mi crítica constructiva, constantemente les recuerdo a una dirigencia particular que no podemos continuar con una izquierda, o una iglesia, analfabeta -que no sabe leer los mensajes de este mundo.
También en nuestra esperanza emancipadora debemos tener mucho cuidado de no caer en el error -de algunas dirigencias revolucionarias, y también religiosas- del liberalismo de la fragmentación especializada. Me explico. Este asunto de que mi organización sólo lucha por lo sexual, o por lo racial, es peligroso, porque como decía Freire; "El sexo solo no explica todo. La raza sola tampoco. Ni la clase sola". No me mal interpreten, yo creo, sostengo y promuevo las prioridades en toda agenda de liberación. Pero rechazo la incapacidad de crear agendas colectivas solidarias que complementen las luchas emancipadoras y que reflejen todas las dimensiones de la liberación de los seres humanos: económica, política, género, orientación sexual, racial, social, religiosa, etc. Particularmente, soy fiel crítico del proceso de lucha aquí en los Estados Unidos, en donde la nueva moda es analizar e identificar problemas y/o soluciones concernientes sólo al feminismo, racismo, xenofobia, homofobia, etc., dejando fuera la importancia del comprender la lucha de clases. Luego de establecer el nuevo orden de la justicia en todas sus dimensiones, siempre se debe mantener la vigilancia, desconfiando de cualquier desorden que persiga validar la opresión, explotación, colonialismo o exclusión de la humanidad.
Un punto que no me gustaría pasar desapercibido, es la división infecunda e infantilista, de algunos/as hermanos/as y compañeros/as de la izquierda revolucionaria, en contra de quienes nos identificamos como cristianos/as revolucionarios/as. Porque lo sigo viviendo en carne propia, se los comparto. Me preocupa, alarmantemente, que todavía se siga utilizando a Marx para excluir y no para incluir. Este asunto de que toda religión es un opio yo lo rechazo categóricamente. Hay religiones -al igual que movimientos revolucionarios- que son un opio, pero también hay otras realidades que nos demuestran lo contrario. Opio significa ser irrelevante e irreverente al pueblo, excluido de los procesos de justicia. Yo no tengo la menor duda de que Marx se estaba refiriendo a la religión burguesa que traicionaba al pueblo. De la misma manera, si Marx estuviera vivo, frente al fenómeno que desarrolló la teología de la liberación en América Latina -y esto incluye el Caribe- hubiese hecho lo que él muy bien sabía hacer; reevaluarse tal y como lo ha hecho Fidel Castro quien en una conversación con Frei Betto nos dijo: "En el movimiento comunista ha habido alguna gente que utilizó históricamente una frase de Marx, que está en su Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, en el sentido de que la religión es el opio del pueblo, y se ha transformado esa frase en dogma definitivo, absoluto, metafísico, por encima de cualquier dialéctica... En mi opinión, la religión, desde el punto de vista político, por sí misma no es un opio o un remedio milagroso. Puede ser un opio o un maravilloso remedio en la medida en que se utilice o se aplique para defender a los/as opresores/as y explotadores/as, o a los/as oprimidos/as y explotados/as, en dependencia de la forma en que aborden los problemas políticos, sociales o materiales del ser humano que, independientemente de teología o creencias religiosas, nace y tiene que vivir en este mundo".
Por cuanto estamos para sumar, ¿qué tal si en los procesos de emancipación validamos una esperanza que tenga la capacidad de enfatizar lo que tenemos en común y promover la unidad en diversidad? Frente a este dilema Silva-Gotay nos dice: "Hasta ahora se ha estudiado la función social de la religión desde uno de dos polos extremos del comportamiento social de religión y no se ha hecho en forma dialéctica. Estos dos polos son el de la legitimación ideológica del orden existente cuando la iglesia realiza su función de agente de conservación, y el de la deslegitimación del orden existente cuando la iglesia realiza su función de agente social". En resumidas cuentas, hace muchos años que me convencí -ante el reto de construir un mundo nuevo con mujeres y hombres nuevos/as- que así como el teísmo comienza su dialéctica frente a la espiritualidad liberadora del ateísmo revolucionario, el ateísmo comienza su dialéctica frente a la espiritualidad liberadora del teísmo revolucionario. Esa espiritualidad liberadora es el denominador común que les une. Recordemos siempre: en la esperanza emancipadora la mejor manera de hablar es haciendo. Paz con justicia.
* Iglesia San Romero de Las Américas
Domingo, 1 de junio de 2003