Partidos políticos, así no
Juan Jesús Ayala
Cuando Max Weber caracterizó a la Administración Burocrática pura como "la forma de ejercicio del poder, perfeccionable ya sólo técnicamente hasta una cota máxima de rendimiento" nos está poniendo en el convencimiento que la idea de la política elaborada por los aparatos de los partidos políticos comenzaba a agonizar. Se estaba en el comienzo de la crisis. Sólo aparecían el aparato burocrático, los papeles, los pactos, los repactos, las influencias de las diferentes familias que componen los partidos y huían las ideas; tomando presencia el pragmatismo feroz y comenzaban a urdirse las triquiñuelas para que el poder político emparentado con el poder burocrático se implantara empantanándose el estilo y la elegancia, dando paso a la ramplonería y a la traición más feroz, aun desde el familiaje aparente. Lo que hizo decir a Gramsci que "la crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer, en este interregno aparece una gran variedad de síntomas morbosos".
Y la morbosidad se hace escándalo, se convierte en chanchullo contribuyendo a condicionar la voluntad popular. Con ello, además, se reafirma el desaguisado y se le da carta blanca para que siga así todo el tiempo que sea necesario y, lo peor, para que se enaltezca y se ponga como pretexto de un valor político en alza, de lo cual se jactan los ganadores en el fanguizal de la indignidad política.
Por otra parte, se hace muy difícil imaginar hoy día un sistema político que carezca de partidos. Ni en sus sueños más atribilarios, los déspotas, disfrazados de demócratas, osan prescindir de alguna forma de organizaciones que cercana o lejanamente recuerde a un partido político. Sistema de partidos que surge en la Inglaterra del siglo XIX tras la ruptura revolucionaria del siglo XVII y que, andando el tiempo, se ha implantado en las sociedades civiles y políticas del momento.
Sin embargo, siendo el sistema de partidos aceptable y el más a mano que se tiene como representación tipo y a partir de ahí ya se desarrollan las reglas y las normas, muchas veces, son los mismos partidos, sobre todo los poderosos, los que animados por la borrachera del poder hacen de éstos una maquinaria tan infernal que los deslegitima y los hace enemigos del sistema.
¿Cuántos han perdido su esencia y credibilidad en el tiempo? No hace falta recordar al partido nazi que democráticamente elevó a Hitler al poder. Como tampoco hay que echar en olvido a líderes que fueron colgados por sus mismos correligionarios boca abajo como le paso al fascio de Mussolini. O más cercano en la historia al PRI mexicano o la vieja UCD reducto de tardofranquistas y de algunos socialdemócratas que saltaron a las filas del PSOE que, con la pretensión, se decía, de traer la democracia, fue, aun consiguiéndolo, el germen de partidos desparramados por la geografía del estado que se bautizaron con aguas de otros mares. Tenemos aquí el ejemplo de CC.
Los partidos políticos están ahí. Y quizás lo que habrá que hacer es que se nutran de nuevas ideas para que no entren en crisis y dejen de ser, como son, pura maquinaria burocratizada. Y menos aún que algunos se crean que éstos son hereditarios como si de cualquier monarquía se tratara. Los partidos no se heredan aunque sí su ideología, a la que hay que ir enriqueciendo con el discurso político. Pero que no se irrogue nadie una pertenencia linajuda de por vida asumiendo un liderazgo que nunca ha tenido, sino si algo tuvo fue por la tendencia sospechosa de la estrategia de otros, por lo que es de una idiotez supina creerse que se es tan válido como para eso, para tener conciencia de una herencia y de un liderazgo que no es tal.
Por lo tanto, sería bueno saber que el principio de legitimidad se puede quebrar en ciertas organizaciones políticas cuando ya no obedecen al bien social, comunitario o nacional, sino que son las personas y sus intereses concretos los que aparecen en escena. No son los más capacitados del aparato. No los críticos de la organización. Es el adulón, el incompetente y, sobre todo, la perversidad se hace patente cuando aparece el intercambio del ganador con el otro para entre los dos, como se está gestando, repartirse una tarta que está dando quebraderos de cabeza a los maniobremos consumados. A los que sólo les preocupa e importa esconder sus deslealtades políticas entre los camuflajes de una tramoya esperpéntica que se hace visible cada cuatro años por estas Islas.