ATAQUE EN CORSO DE UNA ESCUADRA INGLESA A SANTA CRUZ DE TENERIFE EN 1797. (I)

Eduardo Pedro García Rodríguez*

En los hechos de armas que han tenido lugar tanto en nuestra isla como en las restantes del Archipiélago Canario, los cronistas e historiadores se extienden ampliamente narrándonos la situación de las tropas la disposición de la artillería y, sobre todo, las acciones supuestamente heroicas de determinados protagonistas españoles o españolistas que han intervenido en algún enfrentamiento o combate. Los comportamientos digamos heroicos, reales o fraguados en las mentes de los actores, cuando no fruto de la cohorte de aduladores que suelen pulular alrededor de quienes ostentan algún poder en esta colonia, por mediocre que éste sea. Este planteamiento, naturalmente no es aplicable a un buen número de personas que haciendo honor a su condición de hombres de bien y de patriotas que, al margen de su situación social o económica, que actúan con el valor y valentía que las circunstancias demandan.

Estos historiadores y cronistas suelen olvidar con frecuencia a los verdaderos protagonistas de los hechos que narran cuando éstos son protagonizados por canarios que por no gozar en la época de la consideración de vecino -es decir, de contribuyente- o ocupar empleos artesanales o de servicios, son despreciados cuando no despojados de los méritos que hubiesen contraído en determinadas circunstancias al producirse peligros ciertos para la comunidad, tales como incendios, inundaciones, epidemias o ataques de algún enemigo del exterior, (los del interior los tenemos incrustados hace más quinientos años) a pesar de que, sin la intervención de éstos, los hechos hubiesen podido tener otros derroteros contrarios a sus intereses coloniales.

Desde hace más de una década ciertos grupos de opinión (es decir, de presión) españolistas vienen empeñados en desarrollar todo una épica españolera en torno al ataque en corso efectuado por una escuadrilla inglesa al puerto y plaza de Santa Cruz de Tenerife en el 25 de julio de 1797. Estos grupos, han entretejido toda una maraña de supuestos hechos en torno al suceso, y que, con el transcurso del tiempo, la edición en torno al tema de más de una docena de libros y decenas de artículos periodísticos (casi todo ello escritos por militares), han formado una inmensa bola de nieve que oculta en su núcleo los verdaderos hechos acaecidos. Con ello lo que se pretende es exaltar hasta extremos esperpénticos la figura de un anciano y decrépito general, así como las de otros oficiales del ejército reglado español en la plaza, cuando la realidad fue que la actuación de la mayoría de estos individuos ante el enemigo fue cuando menos cuestionable. Al tiempo pretenden crear en la sociedad canaria un sentimiento de gratitud hacía un ejército que poco o nada actúo en los hechos, usurpando, una ves más, los méritos a los verdaderos defensores de la plaza que fueron las milicias canarias.

Estando en el bloqueo de Cádiz, el vicealmirante Sir Oración Nelson, recibe información de un marinero filipino, que había estado en el Puerto de Santa Cruz, de la existencia en el mismo de una escuadra española procedente de Indias que transportaba un tesoro, inmediatamente el audaz marino fragua una operación de corso para hacerse con dicho tesoro, operación que preveía sencilla, basándose en la facilidad con que dos navíos ingleses habían sustraído sin dificultad dos buques anclados al pie del castillo de San Cristóbal el mes anterior. Nelson comunica sus planes del proyectado golpe de mano a su superior y recibe el visto bueno de éste. Veamos algunos pasajes del desarrollo de los acontecimientos extraídos del libro aún inédito del autor Miscelánea de Historia de Canarias:

Al amanecer del día 22 de Julio de 1797, se avistó frente a la plaza de Santa Cruz Tenerife, una escuadra inglesa compuesta de cuatro navíos de línea, tres Fragatas, un cúter y una obusera; el Teseus, de 74 cañones en que enarbolaba su insignia de comandante de la flota, el vicealmirante Horatio Nelson, siendo capitán R. Willett Miller: El Colluden, también de 74 cañones, al mando del capitán Tomás Troubridge, El Celoso de 74 cañones, su capitán Samuel Hood; El Leandro, de 50 cañones mandado por el capitán Tomás Thompson; y las fragatas, el Caballo Marino, de 38 cañones, capitán Fremantle; la Esmeralda, 36 cañones, su capitán Waller, y la Tercipsicore, 32 cañones, mandaba ésta el memorable capitán Bowen (quien había apresado en puerto de Santa Cruz a la fragata española Príncipe Fernando), además acompañaba a la formación el cúter Fox, (el cual fue hundido durante las operaciones por los cañones de la plaza) al mando del cual venía el teniente Gibson, y la obusera rayo, que había sido capturada a los españoles en las operaciones del bloqueo de Cádiz.

Esta potente escuadra con contaba con una potencia de fuego compuesta de 393 cañones, frente a los 84 de que se disponía en litoral santacrucero. Afortunadamente, los ingleses no hicieron uso de su potencial de fuego por las razones que veremos más adelante, pues no entraba en los propósitos de Nelson el destruir la ciudad ni sus fortificaciones y mucho menos ocupar la isla. La flota se mantuvo al pairo en formación frente a Santa Cruz fuera del alcance de los cañones de los fuertes y baterías de la plaza.

En la penetración de Troubridge hacía la plaza se le unió Waller con su columna, que, como sabemos, había desembarcado a la altura del barranquillo del Aceite o Cagalacehite (actual calle de Imeldo Seris). Unidas ambas columnas llegaron a la calle de las Tiendas (hoy de Cruz Verde), que siguieron hasta desembocar en la Plaza principal (Plaza de la Candelaria) por su parte alta, donde permanecieron inactivos y en silencio sin contestar al fuego que les hacían los cazadores provinciales desde sus posiciones. Este momento de tensa calma es denominado por Rumeo de Armas como "la hora del silencio", pero nosotros preferimos reseñarla como "la hora del desconcierto", pues, siendo momentos de incertidumbre para ambos contendientes, el desconcierto fue bastante más acusado para los defensores, optando algunos oficiales por abandonar la plaza huyendo hacía La Laguna y haciendo correr el rumor de que el general Gutiérrez había muerto y dando por perdida la batalla. Se cuenta que un conde de apellido Salazar, al llegar a La Laguna, comentó que él «no había nacido para espadachín».

Por su parte, Hood y Miller, con sus columnas, que como se recordará habían desembarcado por las la playa de las carnicerías y el barranco de Santos (barranco de Añaza), y constituían la partida más numerosa de las tropas británicas que consiguieron tomar tierra, obligaron a retirarse a los sesenta soldados de la bandera de Cuba y La Habana, que al mando del teniente Castilla tenían encomendada la defensa de la playa. Éstos en su repliegue consiguieron unirse al batallón de infantería de Canarias, que estaba destacado en la plaza de San Telmo, uniéndoseles posteriormente la partida de marineros y pilotos que se hallaban frente al hospital de los desamparados. (antigüo hospital civil, y hoy sede del museo arqueológico del Cabildo de Tenerife) Una vez reagrupadas estas fuerzas, a las que se unieron algunos de los cuarenta rozadores de La Laguna, los cuales habían sido armados por el Cabildo con rozaderas. Estas bisoñas tropas tenían encomendada la defensa de la playa de las carnicerías pero se vieron desbordadas por la superioridad numérica y armamentística del enemigo, ordenando sus jefes, Don Alonso de Nava Benítez de Lugo, Marqués de Villanueva del Prado, y don Juan Primo de la Guerra, Vizconde de Buen Paso, la retirada, mientras el vizconde lo hacía sobre San Cristóbal, pasando más adelante a colaborar en las operaciones del muelle. El marqués de Villanueva del Prado lo hizo hacía el barranco de Santos por el lugar donde -casualmente- se iniciaba el camino a La Laguna, cayendo inesperadamente en una zona donde se iban a desarrollar las más violentas operaciones del sector. Reunidas las dispersas tropas defensoras en las inmediaciones de la calle de la carnicería, juntas iniciaron una ofensiva contra el enemigo, atacando con denuedo causándole varias bajas y haciéndoles treinta prisioneros, obligándoles finalmente a replegarse por las calles de la Noria y Santo Domingo, hasta la plaza de este nombre (este espacio está ocupado actualmente por el teatro Guimerá y "La Recova,") donde asaltaron y ocuparon el convento de Dominicos que allí existía.

En la plana mayor, ubicada en el castillo de San Cristóbal, reinaba un total desconcierto, como consecuencia de la falta de noticias sobre el desarrollo de las operaciones que se venían efectuando, tanto a la derecha como a la izquierda de la línea, pues la presencia de Troubridge en la plaza principal y la de Samuel Hood en las inmediaciones del barranco de Santos había cortado las comunicaciones con la fortaleza.

El desasosiego creado en la plana mayor, por la falta de comunicados de la línea defensiva, lo hizo cesar el teniente Don Vicente Siera -uno de los pocos militares españoles de la guarnición que supieron estar a la altura de las circunstancias-. Destinado éste a las ordenes del comandante general, en la madrugad del 25 de Julio salió de San Cristóbal, después del ataque al muelle, para comunicar a las partidas del batallón de La Habana y Cuba, al batallón de Canarias y a las milicias de La Laguna, que se reuniesen en la plaza principal cuando considerasen que ya no era necesaria su presencia en los puntos que ocupaban(¿?). No entendemos que este tipo de órdenes pueda cursarse en plena refriega a las tropas que estaban en la defensa de los puntos álgidos por donde estaba desembarcando el enemigo, a no ser que el comandante general y su estado mayor, dando por perdida la plaza, quisiesen concentrar las tropas que quedasen frente al rastrillo del castillo, para una mejor defensa de éste y sobre todo de sus ocupantes.

Veamos como relata el abandono de la "batería del Martillo" uno de los más significados defensores de la plaza D. Joseph de Monteverde: «artillero provincial, que dirigió el fuego con mucha víveza y acierto. Se da por disculpa del retiro de las tropas del muelle que los cañonazos de metralla de San Pedro cayan sobre nuestra gente, y que el oficial que mandaba la artillería en su cabeza, cuando vio subir la gente de la lancha, que atracó en las escaleras, salió gritando que los ingleses eran dueños de los cañones, lo que hizo temer los volvieran contra la entrada...Los oficiales de estas milicias (que yo vi salir huyendo) fueron los que derramaron por el pueblo la voz de la muerte del general, toma del castillo, ecétera...»

El historiador tinerfeño don José Diaz-Llano Guigou, publicó en un periódico local una carta de la época hasta entonces inédita, en la cual se exponen algunos aspectos recogidos de primara mano por un testigo presencial de la lucha sostenida cuando el desembarco inglés por el barranco de la iglesia (barranco de Añazu) y el de las otras lanchas por el barranco de Santo Domingo...hasta que: «En la madrugada, cuando se divulgó la voz de estar los enemigos acorralados en Santo Domingo, sin municiones y pidiendo capitulación se presentaron muchos, y cuentan ahora hazañas, pero no engañan porque todos saben en donde estuvieron y cuando vinieron. El xefe y Compañías de La Cuesta se presentaron cuando las tropas nuestras estában formadas en la Plaza de la Pila para que desfilasen los ingleses» Relata los nombres de algunos oficiales fugitivos, que aquí y ahora vamos a omitir copiando lo que dice ese párrafo: «Aunque los fugitivos no tienen disculpa porque dieron exemplo a sus soldados de huir sin esperar el peligro, no por eso se debe vituperar (a) los naturales, Román Lara y Jorva los son, lo era el Teniente Coronel Castro; los artilleros oficiales y soldados los más son de aquí y Grandi, que no es estrangero fue el que hizo algo de provecho con Eduardo en el castillo principal».

Y finalmente entramos en el último párrafo aparte, que antecede al que despide la carta, que es precisamente en el que el señor Forstall vierte su opinión sobre el comportamiento del general Gutiérrez en la noche del 24 al 25 de Julio de 1797: «Lo cierto es que, a juicio inteligente, todo lo debemos a la artillería, lo demás vino por sus pasos contados por que la tropa enemiga estaba atolondrada, sin municiones y sin recursos. Aún así crea vuestra merced lo que dixe en mi anterior, hubo un mal momento a la primera intimación, y aún a la segunda, y sólo debimos nuestra conservación a dos oficiales de entereza que son Marqueli, y Siera, Teniente de la partida de Cuba, especialmente a este último que llegando de fuera con prisioneros habló al general con vigor (y aún con expresiones soldadescas) y le impuso del estado verdadero de las cosas. Ahora se dice todo lo contrario por los que entonces se inclinaban a rendirse, pero tiene cuenta hacerlo así. En el general más bien se notaba, porque en aquélla noche dio bastantes pruebas de intrepidez, aún en términos reprensibles para un xefe»

Como se puede apreciar, el documento aportado por el señor Díaz-llano, viene a esclarecer una serie de incógnitas sobre el comportamiento observado durante los sucesos acaecidos en la madrugada del 24 al 25 de Julio, por algunos individuos que, tanto los cronistas oficiales como los oficialistas, se empeñan en presentarnos como heroicos salvadores de la Patria. En el transcurso de éstas páginas se irán analizando (en lo viable) el proceder que, determinadas personas tuvieron ante situaciones críticas durante el ataque.

El comandante general Gutiérrez, deseando juzgar por sí mismo el estado de las cosas, decidió hacer una salida al muelle con ánimo de inspeccionar la artillería que había sido abandonada por el jefe de la misma Don Francisco Dugy, sabiendo que estaba desierto según le había informado Sierra. La presencia de tantos cuerpos ingleses mutilados y destrozados por la metralla de los cañones y fusilería, y la alfombra de sangre que cubría el empedrado suelo debió afectar en sobremanera la sensibilidad del teniente general. La visión debió causarle una fuerte impresión, y como consecuencia de la misma sufrió un "desvaído" teniendo que ser asistido por dos de sus oficiales para, apoyado en los hombros de éstos, regresar a la seguridad del fuerte.

Muchas fueron las prebendas que solicitó el general Gutiérrez, las cuales fueron rechazadas por la corona española, y que nos hace pensar en el siguiente dicho popular: "cuando la limosna es grande, hasta el Santo que la recibe desconfía". Si los jefes y oficiales de los reales ejércitos y de las tropas regladas, mencionados por Gutiérrez en la larga lista de solicitud de ascensos y recompensas, más los otros muchos que no figuran en la misma, hubiesen tenido la pericia, el valor y la intrepidez, exigibles en cualquier época a quienes hacen de la carrera de las armas su medio de vida, cabe pensar que tal número de jefes, oficiales y suboficiales españoles, debieron bastarse por sí mismos para contener el desembarco del enemigo. Pero es una constante histórica el que la metrópoli en su afán por mantener contentas a las clases dominantes de sus colonias, siempre se han mostrado pródigas en concederles privilegios y prebendas (en unas ocasiones graciosamente, y en otras, vendidas a buenos precios), especialmente en la carrera de las armas, creando así un cuerpo de jefes y oficiales de opereta, resultando la mayoría de ellos inútiles en una verdadera confrontación bélica, pero a los cuales los vistosos uniformes, les iba muy bien para lucirlos en salones de bailes y en las paradas militares que acostumbraban celebrarse con motivo de la festividad del Santo Patrón de su lugar de influencia.

Al verdadero héroe de las jornadas, el canario don Diego Correa, cabo primero del regimiento de milicias de Güímar, quien apresó a ocho ingleses además de las banderas del Esmerald, tambor, las pistolas y demás pertrechos de guerra, (cuyo méritos se atribuyó su jefe superior, por supuesto un español) al ser nativo y no formar parte del colectivo de funcionarios españoles ni de la burguesía dependiente local es propuesto por el general Gutiérrez «para su agregación como subteniente a dicho regimiento a la primera vacante», con lo cual le es usurpado grotesca y desvergonzadamente los méritos demostrado durante los enfrentamientos con los ingleses y atribuidos a un colonizador.

*Miembro de la Asociación Sociocultural Kebehi Benchomo.

benchomo@terra.es

Ciudad colonial de Eguerew, julio de 2004.

¡¡CANARIAS PARA LOS CANARIOS!!