ATAQUE DE UNA ESCUADRA INGLESA AL PUERTO DE SANTA CRUZ DE TENERIFE EL 25 DE JULIO DE 1797 (II)

Eduardo Pedro García Rodríguez.*

La lista de muertos y heridos ingleses en esta acción, sería muy extensa, por ello nos limitaremos a dar la de los más significados: el capitán del Tersichore Richard Bowen, alcanzado por un trozo de metralla en el pecho falleció instantáneamente. Los capitanes Thompson y Freemantle resultaron heridos en la acción éste último en el brazo derecho como su amigo y jefe Nelson: Jonh Weterhead; teniente del Theseus; George Thorpe, primer teniente del Tersipchore, y John Baisham, teniente de la fragata Esmerald, William Earnshaw, segundo teniente del Leander, resultaron muertos, mientras, George Douglas, teniente del Seahorse, y Lewis Waits, guardia marina del Zeaolus, caían mal heridos en tierra.

El comandante de las tropas inglesas Troubridge, con su bote y dos más que le acompañaban sorteando el intenso fuego que desde tierra se le hacía logró tomar tierra en la playa de la Caleta.

El teniente Robinson fue recogido por don Bernardo Cólogan Fallón, quien según algún autor, le prestó ayuda en su grave situación, usando su propia camisa como vendajes. El señor Cólogan quien años más tarde escribiría una pormenorizada relación de los hechos, había tenido algunas diferencias con el Comandante General de la plaza como veremos en otro lugar.

En la penetración de Troubridge, hacía la plaza se le unió Waller con su columna, que, como sabemos, había desembarcado a la altura del barranquillo del Aceite o Cagalacehite. Unidas ambas columnas, llegaron a la calle de las Tiendas (hoy de Cruz Verde), que siguieron hasta desembocar en la Plaza principal (Plaza de la Candelaria) por su parte alta, donde permanecieron inactivos y en silencio sin contestar al fuego que les hacían los cazadores provinciales desde sus posiciones. Este momento de tensa calma, es denominado por Rumeu de Armas como "la hora del silencio", pero nosotros preferimos reseñarla como "la hora del desconcierto" pues siendo momentos de incertidumbre para ambos contendientes, el desconcierto fue bastante más acusado para los defensores, optando algunos oficiales por abandonar la plaza huyendo hacía La Laguna, y haciendo correr el rumor de que el general había muerto y dando por perdida la batalla.

Por su parte, Hood y Miller, con sus columnas, que como se recordará habían desembarcado por la playa de las carnicerías y el Barranco de Santos (Barranco de Araguigo), y constituían la partida más numerosa de las tropas británicas que consiguieron tomar tierra, obligaron a retirarse a los sesenta soldados de la bandera de Cuba y La Habana, que al mando del teniente Castilla tenían encomendada la defensa de la playa. Éstos en su repliegue consiguieron unirse al Batallón de infantería de Canarias, que estaba destacado en la plaza de San Telmo, uniéndoseles posteriormente la partida de marineros y pilotos que se hallaban frente al hospital de los desamparados. (antiguo Hospital Civil, y hoy sede del Museo Arqueológico del Cabildo de Tenerife) Una vez reagrupadas estas fuerzas a las que se unieron algunos de los cuarenta rozadores de La Laguna, los cuales habían sido armados por el Cabildo con rozaderas, estas bisoñas tropas tenían encomendada la defensa de la playa de las carnicerías pero se vieron desbordadas por la superioridad numérica y armamentística del enemigo, ordenando sus jefes, Don Alonso de Nava Benítez de Lugo, Marqués de Villanueva del Prado y don Juan Primo de la Guerra, Vizconde de Buen Paso, la retirada, mientras el vizconde lo hacía sobre San Cristóbal, pasando más adelante a colaborar en las operaciones del muelle, el marqués de Villanueva del Prado lo hizo hacía el Barranco de Santos por el lugar donde -casualmente- se iniciaba el camino a La Laguna, cayendo inesperadamente en una zona donde se iban a desarrollar las más violentas operaciones del sector. Reunidas las dispersas tropas defensoras en las inmediaciones de la Calle de la Carnicería, juntas iniciaron una ofensiva contra el enemigo, atacando con denuedo causándole varias bajas y haciéndoles treinta prisioneros, obligándoles finalmente a replegarse por las calles de la Noria y Santo Domingo, hasta la plaza de este nombre (este espacio está ocupado actualmente por el teatro Guimera y "La Recova,") donde asaltaron y ocuparon el convento de Dominicos que allí existía.

En la plana mayor ubicada en el Castillo de San Cristóbal reinaba un total desconcierto, como consecuencia de la falta de noticias sobre el desarrollo de las operaciones que se venían efectuando. tanto a la derecha como a la izquierda de la línea, pues la presencia de Troubridge en la plaza principal y la de Samuel Hood en las inmediaciones del Barranco de Santos había cortado las comunicaciones con la fortaleza.

El desasosiego creado en la plana mayor por la falta de comunicados de la línea defensiva, lo hizo cesar el teniente Don Vicente Siera -uno de los pocos militares españoles de la guarnición que supieron estar a la altura de las circunstancias-. Destinado éste a las órdenes del comandante general, en la madrugad del 25 de Julio salió de San Cristóbal después del ataque al muelle, para comunicar a las partidas del Batallón de La Habana y Cuba, al batallón de Canarias y a las milicias de La Laguna que se reuniesen en la plaza principal cuando considerasen que ya no era necesaria su presencia en los puntos que ocupaban (¿?). No entendemos que este tipo de órdenes pueda cursarse, en plena refriega, a las tropas que estaban en la defensa de los puntos álgidos por donde estaba desembarcando el enemigo, a no ser que el comandante general y su estado mayor, dando por perdida la plaza, quisiesen concentrar las tropas que quedaban, frente al rastrillo del Castillo, para una mejor defensa de éste y sobre todo de sus ocupantes.

Según algunos historiadores, en cumplimiento de la orden anteriormente reseñada, Siera se halló en lo más vivo de la acción de la zona de las carnicerías, en el ataque a Hood dado por el Batallón de Canarias, en el cual, con el "auxilio" de once hombres de dicho batallón, hizo (¿el solo?) al enemigo cuatro prisioneros, y como luego les persiguió en su retirada, aún le capturó un hombre más. Con los cinco prisioneros se presentó en el rastrillo del cuartel general, y dejado a los cinco británicos al cuidado de los defensores, pasó a inspeccionar el muelle encontrándolo abandonado y con la artillería clavada. Cuando Siera llegó al Castillo de San Cristóbal, dio cuenta a la plana mayor presidida por el general Gutiérrez de sus gestiones, y como les hizo presente que el Batallón de Cazadores estaba intacto, lo mismo que el Regimiento de Milicias, y todas las baterías en perfecto estado, a excepción de la del muelle, se calmó la "intranquilidad" que en el mando había producido la falta de noticias. Aunque no queda claro como pudo afirmar que todas las baterías estaban en perfecto estado, si la inspección que se le supone que hizo fue en la zona comprendida entre el muelle y el Barrio del Cabo.

El comandante general Gutiérrez, deseando juzgar por sí mismo el estado de las cosas, decidió hacer una salida al muelle con ánimo de inspeccionar la artillería que había sido abandonada por el jefe de la misma, Don Francisco Dugy, sabiendo que estaba desierto según le había informado Siera. La presencia de tantos cuerpos ingleses mutilados y destrozados por la metralla de los cañones y fusilería, y la alfombra de sangre que cubría el empedrado suelo debió afectar en sobremanera la sensibilidad del teniente general. La visión debió causarle una fuerte impresión, y como consecuencia de la misma sufrió un "desvaído" teniendo que ser asistido por dos de sus oficiales para, apoyado en los hombros de éstos, regresar a la seguridad del fuerte.

Mientras se desarrollaban estos hechos en las proximidades del muelle, el capitán Troubridge, desistió de asaltar el Castillo de San Cristóbal, tras haber perdido las escalas y demás instrumentos de asalto, en el desastre sufrido por las lanchas. Ante la imposibilidad de que las tropas de Hood y Miller se concentrasen con las suyas en la plaza, tal como estaba previsto, decidió reunirse con éstos en el convento de Santo Domingo.

Al amanecer, el Batallón de infantería de Canarias, cumpliendo las ordenes recibidas, llegaba a la plaza principal y se establecía en la explanada del muelle y del fuerte de San Cristóbal.

Esta maniobra denota un desmesurado interés por parte de la plana mayor en rodear al fuerte de un importante cinturón de tropas, además de las que ya estaban de guarnición, con el pretexto de que era en previsión de un nuevo de desembarco de los ingleses por el muelle. El regimiento de milicias de La Laguna, siguiendo las instrucciones del mando se dirigió al mismo sitio que el Batallón de Canarias, con lo que quedó desguarnecida la línea sur de la plaza. Formaron dos columnas: una, que marchó directamente, y la otra que lo hizo por la parte superior de la población para cortar una supuesta retirada del enemigo y poder tenerlo entre dos fuegos.

Cuando estas fuerzas entraban en la Plazuela de Santo Domingo, recibió una descarga de las tropas inglesas que causó varias bajas, entre ellas la del teniente coronel Don Juan Bautista de Ayala que resultó muerto en el acto, haciendo los británicos varios prisioneros entre los milicianos tinerfeños.

Las milicias canarias reaccionaron de inmediato, y cargando contra los ingleses les obligaron a replegarse dentro del convento, desde cuyas ventanas continuaron haciendo fuego; deseando Troubridge conseguir la rendición de la plaza a pesar de su difícil situación, decidió hacer un último intento de intimidación. Con tal propósito se desplaza al Castillo de San Cristóbal el capitán Miller acompañado de Hood y algunos soldados enarbolando bandera blanca. Una vez en presencia de la plana mayor en la fortaleza, Hood solicitó la entrega inmediata de la plaza amenazando con incendiarla en caso contrario, el general Gutiérrez, por entonces ya bien informado de la situación real de ambas fuerzas respondió al emisario que, <<aún tenía pólvora, balas, y gentes para proseguir la lucha,>> sin que en esta ocasión retuviese en el fuerte a los emisarios como había hecho anteriormente con el sargento.

Como consecuencia de la respuesta del general se reanuda las hostilidades con un fuego más vivo que antes, viéndose los ingleses rodeados por las milicias Canarias, y previendo ser asaltados, comenzaron a economizar las municiones de por sí ya bastante escasas, estando en esta cuita, el vigía que tenían apostado en la torre del convento lanzó un ¡hurra! Que alentó a los británicos. Troubridge subió a la torre-mirador para informarse de lo que ocurría, y sus ojos de marino habituados e escrudiñar en el mar, pronto divisaron hasta quince lanchas repletas de hombres que, separándose de la escuadra, se dirigían a tierra a todo bogar.

Nelson previendo que la gente desembarcada precisaba refuerzos, dispuso el envío de una división formada por tropas de desembarco y marineros. Los vigías de los fuertes también divisaron la flotilla de lanchas enemigas, e inmediatamente todas las baterías enfilaron sus cañones por el raso de sus metales contra ella.

Los cañones de la batería del muelle, que habían sido desclavados por el teniente Don Francisco Grandi -según una versión, otra dice que fueron los franceses- destacaron por su precisión. Este artillero auxiliado por el condestable Don Manuel Troncos, en pocos minutos consiguen echar a pique dos de las lanchas de los asaltantes; el castillo de San Cristóbal hizo zozobrar a otra. Como el fuego de la artillería sobre las lanchas era intenso y continuado, éstas se vieron obligadas a retornar al abrigo de la escuadra.

Al tener conocimiento el jefe de los invasores Toubridge, del fallido intento por parte de la flota de aportar los tan necesarios refuerzos en tropas y suministros, y al no poder mantener las posiciones con una tropa cansada, más que por los enfrentamientos con el enemigo, por los avatares sufridos en el desembarco, decidió replantearse la situación llegando a la conclusión de que debía parlamentar de nuevo con el comandante general

Por tercera vez remite al fuerte de San Cristóbal una embajada formada por el superior Fray Carlos de Lugo y el maestro Juan de Iriarte, ambos del convento de la Consolación, estos religiosos acompañados por un oficial inglés, posiblemente el capitán Samuel Hood, quien impuesto por su jefe de las condiciones que debía ofertar a la plana mayor de la plaza, se presentó en el castillo insistiendo en las anteriores pretensiones de la entrega del navío de filipinas y de las arcas reales existentes en el puerto y en la capital, (La Laguna) con lo cual darían los ingleses por finalizada la contienda, de lo contrario no responderían de las consecuencias. Escuchada la propuesta por la plana mayor, el general Gutiérrez dio la misma repuesta que la vez anterior, con lo cual el oficial inglés se volvió a Santo Domingo, sin los dos frailes, pues éstos a pesar de que habían ofrecido voluntariamente como mediadores, prefirieron quedarse al resguardo del castillo antes que regresar con la comunidad de la que eran responsables.

Cuando el parlamentario llegó al convento, la lucha se reanudó pero ya con menor resistencia por parte de los ingleses, pues había aumentado el número de los milicianos con algunas partidas que habían estado "perdidas" hasta entonces. En este enfrentamiento cayó muerto de un balazo en el pecho el subteniente Don Rafael Hernández Bignoni.

La situación se hacía por momento insostenible para las fuerzas británicas lo que motivó en el ánimo de los invasores el negociar una capitulación honrosa, a este fin se comisionó a Samuel Hood para que gestionara la misma ante la plana mayor. Convenidos los términos en que Hood debía exponer las bases para el armisticio, éste desplegó bandera blanca y, acompañado de unos milicianos que le cedió el teniente coronel Guinther, marchó al cuartel general de la plaza. En su recorrido al Castillo de San Cristóbal, se encontró (casualmente) con el teniente de rey, con el mayor de la plaza y con el coronel Creag. "Enterados" éstos de la misión de Hood le vendaron los ojos, y todos juntos, a tambor batiente entraron por el rastrillo en el castillo principal.

Reunida la plana mayor y el capitán, trataron durante largo tiempo sobre las condiciones deseadas para poner fin a la beligerancia. Hood intentó por última vez imponer la tesis de la rendición de la plaza, pero con menos arrogancia que en las ocasiones anteriores. Después de una seria y prolongada discusión, ambas partes llegaron a un acuerdo para el cese de las hostilidades plasmado en el acuerdo siguiente: "Santa Cruz, 25 de Julio de 1797. Las tropas de S. M. Británica serán embarcadas con todas sus armas y llevarán sus botes, si se han salvado, franqueándoles los demás necesarios; en esta consideración se obligan por su parte a no molestar el pueblo los navíos de la escuadra británica que están delante de él ni a ninguna de las Islas Canarias, y los prisioneros se devolverán de ambas partes. Dado bajo mi firma y sobre mi palabra de honor. Samuel Hood. Ratificado por T. Troubridge, comandante de las tropas británicas. Don Antonio Gutiérrez, comandante general de las Islas Canarias

[Abajo, Reembarque de las tropas inglesas. Óleo de Nicolás Alfaro]

Con tan sastisfactorio arreglo se dio por concluido el conflicto, saliendo las tropas inglesas del convento de Santo Domingo con armas y bagajes en número de seiscientos setenta y cinco hombres. La columna entró en la plaza principal correctamente formada con banderas desplegadas y tambor batiente. A ambos lados de la plaza, las tropas Canarias debidamente formadas, presentaban armas a la columna inglesa que se retiraba hacía el muelle para su reembarque, dándose así por terminadas las hostilidades.

Las secuelas dejadas en los actores Canarios del drama fueron de lo más variopinta, desde el mismo momento en que éste concluyó y hasta algunos meses después, hizo aflorar en la sociedad de Tenerife, todas las miserias humanas de que estaba revestida y, algún que otro, acto de grandeza.

Una de las cuestiones que más polémica suscitó giró en torno a la controvertida actuación del general Gutiérrez durante el conflicto, y la de algunos de sus subordinados. Los historiadores que se han ocupado del tema, no se han puesto de acuerdo sobre la actitud mostrada ante el enemigo por estos personajes durante los combates. Algunos de los autores mantienen una postura empecinada en mostrarnos a un general super héroe salvador de la patria Canaria (de una segunda invasión, en este caso inglesa), y de noble y alto pedigrí castellano, para otros, fue una persona de buen talante, aunque irresoluta, incapaz e incluso cobarde ante el enemigo. Quien fuera su jefe en la toma de las Malvinas, don Juan Ignacio de Madariaga, nos da la siguiente semblanza de don Antonio Gutiérrez: "Es hombre temible porque aparenta bondad, ingenuidad y hombría de bien, y en la trastienda es todo lo contrario".

Nosotros no entramos en estas polémica, nos limitaremos a exponer los planteamientos de los diferentes autores, y que sea el posible lector quien saque sus propias conclusiones.

Don José Díaz-llano Guigou, en un artículo en otra parte mencionado nos relata la visión personal de un testigo de los hechos acaecidos en Santa Cruz, durante el asalto a la plaza. La información que nos aporta este autor, está extraída de una carta autógrafa que el ciudadano Santacrucero, Don Pedro Forstall, remite a un primo suyo residente en la isla de Gran Canaria.

Este documento, inédito hasta su publicación por Sr. Días-llano en un periódico local, nos ofrece una serie de datos del máximo interés sobre algunos de los personajes que participaron en la llamada gesta del 25 de Julio.

Lamentamos profundamente el que el autor omita deliberadamente los nombres de algunas personas que, según se desprende del contexto, no tuvieron una actuación muy honrosa durante el asalto a la ciudad. Aunque respetamos los motivos que hayan inducido al Sr. Díaz-llano -al que estimamos y respetamos profundamente- a silenciar los nombres de éstos sujetos, deploramos el que nos haya proporcionado un documento de alguna manera "mutilado" restándole así parte de la importancia histórica que indudablemente tiene.

Para una mejor inteligencia del lector entresacamos algunos párrafos de la trascripción que de dicho documento nos ofrece el autor: "...La carta está datada en "Santa Cruz, Agosto. 23 de 1797", apareciendo en el margen derecho y con distinta caligrafía -que suponemos será la del receptor- " Recibida 13 septiembre 97", comenzando de esta manera:

"Querido primo: Con las de vuestra merced de 4 y 18 del corriente me entregó Domingo Marrero los cinco reales de plata de las tixeras".

Continúa comentándole temas propios de sus negocios y ocupaciones, pasando luego a decirle: "Veo las dudas que a vuestra merced le ocurren sobre lo acaecido en la función con los ingleses, y aunque en parte se habrán aclarado con las varias relaciones que posteriormente se habrán remitido a esa Ysla, diré lo que e podido comprender por informes de sujetos de verdad y de toda formalidad porque no de todos se puede fíar, y muchos o por no entenderlo exageran las cosas o lo hacen para alabarse de lo que no han executado. Espero que lo que escribo quedará reservado".

"...La noche del 24 al 25, habría en la plaza, según me ha dicho el sargento mayor (suponemos que se refiere al teniente-coronel Don Marcelino Prat, que ocupaba por aquel entonces dicho cargo. N. del A.) que llevó el detalle de 1600 a 1800 hombres entre el batallón, milicias y rozaderas; los vecinos que no estaban empleados en la artillería eran pocos y desarmados, empleados los unos en cuidar de la provisión para la tropa que repartían por cuenta, y otros en rondar el pueblo..."

Seguidamente describe cómo estaban distribuidos los hombres de la defensa y número de ellos en los diferentes lugares donde estaban apostados, para luego añadir de qué manera realizaron las tropas inglesas el desembarco, descripción de bastante interés, por diferir en parte de las versiones oficiales que son las que se conocen: "La idea era, en los ingleses, acometer por los dos lados del castillo principal y escalarlo, al paso que otra partida se debía dirigir a la plaza de la Pila, y tomar la casa del general que cryan en ella: al muelle no abordaron las lanchas que venían a él a excepción de una sóla, pues aunque esta circunstancia se niega, la percibió claramente Patricio Forstall que vió todo del balcón de mi casa, y otras cuatros vinieron a la playa entre San Pedro y el castillo porque el fuego del primero no las dexo parar en las escaleras: una lancha se metió por la caleta y boquete de la Aduana, cuya tripulación fue la única que se dirigió al rastrillo de donde la alejo el fuego vivísimo que hizo Lugo en la puerta y aspilleras del muro bajo que hay en donde antes estaba la estacada; las demás lanchas fueron unas al barranco de Santo Domingo, y otras más debajo de la Iglesia" Relata la huida de las tropas del muelle: añadiendo: ".todos fusileros y rozaderas huyeron quedando abandonado, Lara que mandaba estas últimas cuando le hirieron...". Habla del fuego cruzado de un cañón apostado en San Pedro y de otro de la esquina del castillo, añadiendo: "...También ayudó mucho un cañón en el flanco del castillo que barría toda la entrada del muelle y playa hasta San Pedro, y cuya tronera se abrió por insinuación de don Francisco Grandi (aquí hay una contradicción con lo que escribe el propio gobernador del castillo: "...D. Josef Monteverde había mandado colocar aquella misma noche en una nueva tronera que hizo abrir por un costado del baluarte con dirección a la inmediata playa...", artillero provincial, que dirigió el fuego con mucha víveza y acierto. Se da por disculpa del retiro de las tropas del muelle que los cañonazos de metralla de San Pedro cayan sobre nuestra gente, y que el oficial que mandaba la artillería en su cabeza, cuando vio subir la gente de la lancha, que atracó en las escaleras, salió gritando que los ingleses eran dueños de los cañones, lo que hizo temer los volvieran contra la entrada... Los oficiales de estas milicias (que yo vi salir huyendo) fueron los que derramaron por el pueblo la voz de la muerte del general, toma del castillo, ecétera..."

Sigue exponiendo la lucha sostenida cuando el desembarco inglés por el barranco de la iglesia y el de las otras lanchas por el barranco de Santo Domingo... hasta que:

"En la madrugada, cuando se divulgó la voz de estar los enemigos acorralados en Santo Domingo, sin municiones y pidiendo capitulación se presentaron muchos, y cuentan ahora hazañas, pero no engañan porque todos saben en donde estuvieron y cuando vinieron. El xefe y Compañías de La Cuesta se presentaron cuando las tropas nuestras estában formadas en la Plaza de la Pila para que desfilasen los ingleses.

Relata los nombres de algunos oficiales fugitivos, que aquí y ahora vamos a omitir copiando lo que dice ese párrafo:

"Aunque los fugitivos no tienen disculpa porque dieron exemplo a sus soldados de huir sin esperar el peligro, no por eso se debe vituperar (a) los naturales, Román Lara y Jorva los son, lo era el Teniente Coronel Castro; los artilleros oficiales y soldados los más son de aquí y Grandi, que no es estrangero fue el que hizo algo de provecho con Eduardo en el castillo principal".

Y finalmente entramos en el último párrafo aparte, que antecede al que despide la carta, que es precisamente en el que el señor Forstall vierte su opinión sobre el comportamiento del general Gutiérrez en la noche del 24 al 25 de Julio de 1797: "Lo cierto es que, a juicio inteligente, todo lo debemos a la artillería, lo demás vino por sus pasos contados por que la tropa enemiga estaba atolondrada, sin municiones y sin recursos. Aún así crea vuestra merced lo que dixe en mi anterior, hubo un mal momento a la primera intimación, y aún a la segunda, y sólo debimos nuestra conservación a dos oficiales de entereza que son Marqueli, y Siera, Teniente de la partida de Cuba, especialmente a este último que llegando de fuera con prisioneros habló al general con vigor (y aún con expresiones soldadescas) y le impuso del estado verdadero de las cosas. Ahora se dice todo lo contrario por los que entonces se inclinaban a rendirse, pero tiene cuenta hacerlo así. En el general más bien se notaba, porque en aquélla noche dio bastantes pruebas de intrepidez, aún en términos reprensibles para un xefe

Como se puede apreciar, el documento aportado por el señor Díaz-llano, viene a esclarecer una serie de incógnitas sobre el comportamiento observado durante los sucesos acaecidos en la madrugada del 24 al 25 de Julio, por algunos individuos que, tanto los cronistas oficiales como los oficialistas, se empeñan en presentarnos como salvadores de la Patria. En el transcurso de éstas páginas se irán analizando (en lo posible) el proceder que determinadas personas tuvieron ante situaciones críticas durante el ataque.

Uno de los personajes más cuestionado, fue el teniente de rey, coronel Don Manuel de Salcedo, a quien se le atribuía haberse encerrado en los sótanos del castillo durante la contienda.

En la propuesta que Gutiérrez eleva al ministro de la guerra en solicitud de recompensas, con fecha 3 de Agosto de 1797, inicia la lista solicitando para el teniente de rey Salcedo, el grado de Brigadier y el mismo grado solicita para Don Luis Marquelli, ingeniero en jefe y para el comandante del real cuerpo de artillería Don Marcelo Estranio.

En escrito de fecha 8 de Octubre, el ministro de la guerra Álvarez, responde al general y le manifiesta que <<... No conviene acceder a una casi general promoción como la que V.E. propone, y deseando S.M. abolir en parte el inconsiderado exceso con que hasta ahora se han propuesto para graduaciones del exercito de que ha resultado el grave perjuicio que se toca prácticamente que fuera los casos prevenidos en los artículos 17 18 del tra.º 2.º tit.º 17 de la ordenanza, e ínterin no se justifique con arreglo a ellos el merito señalado, es más conveniente aún a los mismos interesados darles una pensión en lugar de un grado>>.

En este mismo escrito el rey concede al coronel Creag una pensión anual de tres mil reales de vellón, sobre la encomienda del Esparragal en la Orden militar de Alcántara, vacante por la muerte del Marqués de Casa Cagigal -de triste memoria en Canarias - y al teniente Siera se le conceden 2.500. en cuanto a los demás propuestos para recompensa el ministro indica que, <<reservándose su S.M. providenciar acerca de los demás en lo sucesivo, instruido que sea de los que hayan hecho algun mérito particular y distinguido...>>

Como se desprende de la repuesta del ministro de la guerra, los méritos de algunos los militares propuestos para recompensas no estaban suficientemente justificados, y en todo caso, la propuesta de ascenso para el coronel Salcedo, no fue considerada.

Por otra parte, la única salida del fuerte realizada por el coronel Salcedo, y que está documentada, fue la realizada en compañía del mayor de la plaza y del coronel Creag, para recibir en el barranquillo del Aceite, al capitán inglés Samuel Hood, cuando se dirigía a la fortaleza para pactar el armisticio. Es encomiable el esfuerzo desarrollado por el historiador don Antonio Rumeu, en su empeño por presentarnos al teniente de rey Salcedo en las acciones de las Carnicerías y Barranco de Santos, (donde además le atribuye la captura de prisioneros), e incluso en los preparativos de asalto al convento de Santo Domingo, información obtenida de las cartas que, en su descargo, éste remite al ministro de la guerra Sr. Álvares, cartas que fueron escritas tiempo después de que sucedieran los hechos, y que por otra parte, se limitan a dos, que pudo recabar de sus amigos y compañeros sin que, para este fin, obtuviera otras del resto de los jefes y oficiales de la guarnición. Es significativo el hecho de que, el coronel Salcedo no recabara el informe sobre su conducta durante los enfrentamientos con los ingleses, a su jefe inmediato el general Gutiérrez, a pesar de que éste le había propuesto para un ascenso en la relación remitida al ministro de la guerra en solicitud de recompensas.

Es evidente que la llegada de la escuadra inglesa a las costas de la isla debió coincidir con algún tipo de epidemia ligera pero bastante vírica, a juzgar por la cantidad de individuos de la aristocracia y oligarquía colonial isleña, que en un corto periodo de tiempo se vieron afectados por un extraño virus que les mantuvo enfermos y alejados de la vida pública hasta que se produjo la retirada de la flota Británica.

Uno de los afectados por este extraño mal, fue el corregidor don José de Castilla, quien por razón de su empleo debía ser uno de los individuos clave en la preparación de la defensa de la isla. Por esta razón el comandante general Gutiérrez, con fecha 22 de Julio, le remite una Orden redactada en los términos siguientes:

"Estando entendido que se halla Vm. Situado en la inmediaciones de Gracia con la gente de armas tomar, Art.ª camp.º y Carretas, y conviniendo al Seg.do desembarco del Enem.go que debemos recelar, execute en esta noche, y siendo para la gente que existe en esta Plaza para la defensa conbiene al mejor servicio del Rey que dejando las piezas de campaña con la gente que juzgue precisa para la defensa y conducción entregada al Oficial Com.te del Dest.º de la Cuesta, baje Vm. Sin la menor perdida de tiempo con el resto de la gente, Carretas y bagajes si los hubiera,"

No dudando Gutiérrez de los estragos que la epidemia estaba produciendo en la capital (La Laguna), apremia al corregidor con la siguiente nota:

"P.D. No pierda un momento en bajar con la gente a esta plaza pues sgn. Hago creencia del En.º devemos recelar intente el desembarco en esta propia noche."

Don José de Castilla, debió notar en su persona los síntomas epidémicos y contestó al oficio del general con este otro:

"Exmo. Señor

La gente conqe me hallo son solo veynte, y dos honvres, pues todo el resto de la Jente marchó con el Ten.te Coro.l Creac, ya ve V. Exa., q.e ni aun para el manexo, o servicio de los seis cañones tengo Jente, y aunq.e y quisiera conducirlos a la Cuesta estan la Cureñas en tan mala disposición, q.e solo de trarlas en este corto trecho se rompieron dos.

Si yo falto de aquí ni avra q.n de las Ordenes ni quien las obedezca, en fin yo estoy pronto a hallarme en el mayor riesgo.

Dios gue. a V. Ex.a m.s as

Exmo. Señor

D.n Josef de Castilla"

Los mencionados síntomas se agravaron en la persona del corregidor, hasta el punto que el día 23 de Julio, presenta un escrito en el Cabildo pidiendo ser reemplazado en su misión de estar en el puesto de la cuesta al frente de la gente y de cuatro cañones, por encontrarse enfermo, en su lugar, el Cabildo designa a don Melchor Prieto del Hoyo.

 Afortunadamente para él, la enfermedad del corregidor debió ser bastante leve, pues el día 25, se encontraba debidamente uniformado, con las tropas Canarias formadas en la Plaza Principal para ver marchar a los ingleses

El coronel del regimiento de las milicias de la Orotava don Antonio Francisco Salazar de Frias, en un oficio en respuesta a una orden del general Gutiérrez que le solicita el envío de tropas de dicho regimiento, después de expresarle el número y situación de las mismas que desplaza a Santa Cruz, le comenta: "No debo ocultar a V.E. la complacencia que me ha causado ver la puntualidad y buena voluntad con que dichos oficiales nombrados han recibido esta orden, sin que haya habido ninguno que me haya acordado de sus achaques, no obtante que me son notorios." Continua el escrito expresando al general la buena disposición de la nobleza de la Orotava y gente viable así como del clero, "esmerándose todos a porfia a ofrecer sus personas y haberes para defensa de la Patria" aprovecha Salazar la coyuntura para interceder por su hijo Antonio "Aunque mi hijo don Antonio Salazar se halla arrestado en esta Villa de orden de V.E., he considerado que en un acaecimiento como este podría habilitarlo para hacer un servicio de tanta importancia

El marqués de la Fuente de Las Palmas, que como se ha dicho fue uno de los primeros en acudir al cerro de Paso Alto, para defender aquellos lugares, sufrió una caída del caballo, y como consecuencia de las magulladuras sufridas estuvo durante varios días fuera de servicio

Otro de los oficiales, destinado en el fuerte de Paso Alto, don Ventura Salazar, sufrió un ataque de añoranza y afectado por este sentimiento, decidió dar las espaldas al enemigo y desplazarse a sus dominios, a su paso por La Laguna difundió la noticia de que la plaza había sido tomada por los ingleses y de que el general había muerto.

Cumplido este patriótico cometido, el Sr. Salazar puso rumbo esa misma noche a su residencia de El Sauzal, no sin antes manifestar a quien quiso oírle que <<él no había nacido para espadachín>>, explicación por lo demás superflua. En unos versos titulados "sueños de La Laguna". Año 1811; y que son atribuidos a quien fue el primer Alcalde Real de Santa Cruz, en una de sus estrofas dice:

Y uno que llaman conde huyó el primero/ como acostumbra en todo lance fiero.

Otro de los afectados por el virus fue el subteniente de milicias Don Pedro Spou, quien estando de guardia en el Cuartel del Hospicio "se separó", según el parte de situación enviado por Guinther al general Gutiérrez con fecha 27 de Julio.

También se vio obligado a retirase por indisposición el sargento 2º Don Miguel Buysan, que estuvo de retén en las alturas de Paso Alto.

Para algún Patricio, las incomodidades que suponía el viaje desde su lugar de residencia hasta la plaza de Santa Cruz, pesaba más que sus deseos de servicio. En esta tesitura se encontró el coronel Franchy, quien habia recibido el día 23 órdenes del general para que se desplazara con sus fuerzas a la plaza. El coronel se puso en marcha, y el 24 a las once de la mañana se encontraba en la Orotava, donde hizo un alto para comer, seguramente quiso reponerse de las fatigas del viaje y echar una cabezadita, pues sobre las tres de la tarde llamó su atención el vocerío del pueblo que venia contando la victoria sobre los ingleses.

Ante la nueva situación, Franchy decidió regresar a su palacio de Vilaflor (Chasna), desde donde se lo comunicó a su excelencia mediante un parte fechado en dicho pueblo el día 26.

Entre los múltiples biógrafos que en las dos últimas décadas se han dedicado al estudio de la figura del general Don Antonio Gutiérrez González, y de los acontecimientos del 25 de Julio, destaca por su personal visión del personaje y de algunos de los hechos que tuvieron lugar, don Julio Pérez Ortega, quien en su libro El Ataque Naval de los Holandeses a Las Palmas y la Gomera y el General Gutiérrez en la Defensa de Tenerife frente a los ingleses de Nelson, nos ofrece en el mismo un relato-ficción en lugar de un estudio histórico tal como el largo titulo del libro sugiere.

Después de exponer su visión de los acontecimientos europeos anteriores a la intentona de Nelson, don Julio entra en materia en la página 72 y siguientes de su libro, con los siguientes párrafos: <<El primer aviso lo tuvo Gutiérrez en la noche del 18 de abril, cuando el marino inglés Bowen, en un audaz golpe de mano, capturó una fragata española en el mismo puerto de Santa Cruz. Pocas noches después el astuto Bowen repitió la suerte, asaltando y llevándose los 145 tripulantes del bergantín francés que después soltaría>>.

Creemos que el autor se refiere a la fragata de la Real Compañía de Filipinas Príncipe Fernando -de la que ya hemos hablado- que procedente de la isla de Francia o Mauricio iba destinada a Cádiz, venía a las ordenes del capitán Don Juan Ignacio de Odria, y con un cargamento valorado en seiscientos mil pesos. Esta fragata se encontraba refugiada en el puerto desde el 26 de enero.

Cuando el Sr. Pérez Ortega afirma que pocos días después Bowen repetía la acción <<asaltando y llevándose los 145 tripulantes del Bergantín francés>>, suponemos que está tratando del apresamiento de la fragata de la república francesa la Mutine, comandada por el capitán Pomies, la cual fue abordada y capturada en la madrugada del 29 por un grupo de ocho lanchas inglesas pertenecientes a una flotilla británica compuesta de dos navíos la Minerva de 44 cañones, y la Lively, de 38. Esta flotilla venía al mando del capitán Benjamín Hallowell. Debemos hacer notar que entre Bergantín como señala el autor y corbeta, existen notables diferencias, tanto en porte como en armamento. En cuanto a los <<145 tripulantes capturado,>> entendemos que se refiere al apresamiento de la fragata, cuya tripulación además, en su mayor parte estaba en tierra en el momento del abordaje. Los prisioneros franceses fueron puestos en libertad posteriormente, exceptuando al contramaestre que quedó retenido a bordo del navío inglés, pero posteriormente, logrando evadirse, llegó a nado a la marina.

Siguiendo la narración de nuestro autor nos encontramos con la aseveración de que <<El 22 de julio amaneció ante el puerto y fuertes de Santa Cruz una división naval inglesa mandada por Nelson... Enfila 193 cañones contra la plaza y envía una carta al Capitán General Gutiérrez:>> Aquí entresaca algunos párrafos de la supuesta carta: "Dentro de media hora espero la aceptación o rechazo de mi propuesta: Deberán entregarme los fuertes de la plaza... La guarnición depondrá sus armas... Espero que la admitáis" "De lo contrario destruiré Santa Cruz con las bombas de mis cañones>>. Si la carta a que hace referencia el autor es la que el capitán Troubridge debía hacer llegar al comandante general Gutiérrez, la verdad es que no conozco otra manera mejor para mutilar un escrito que la empleada en su extracto por el Sr. Pérez Ortega. En cuanto a la mencionada carta, esta jamás llegó a poder del general, pues, como hemos dicho anteriormente, quedó en los bolsillos del capitán Troubridge, al no tener éxito su misión. Por consiguiente, no es que "El arandino no se dignó contestar", como apunta el autor, es que simplemente no la recibió.

<<Nelson conocía bien las defensas por un desertor chino (debe tratarse del marinero apresado con la fragata Príncipe Fernando) y aquella noche dispuso un desembarco para ocupar el fuerte de Paso Alto... Allí se estrelló la columna Británica, que hubo de ser reembarcada a toda prisa>>. El lector podrá juzgar por sí mismo remitiéndose a los hechos más arriba narrados. Continúa más adelante: <<Desde su puesto de mando aquella noche escribió a un amigo". "Esta noche, yo, humilde como soy, tomaré el mando de todas las fuerzas destinadas a desembarcar bajo el fuego de las baterías de la ciudad y mañana, probablemente será coronada mi cabeza con laureles o cipreses... >>. En estos párrafos de la carta dirigida por Nelson a su jefe y almirante de la escuadra británica en el Mediterráneo, Sir Jonh Jervis, el autor interpreta que va dirigida a un amigo, podría interpretarse así si el escrito hubiese sido correspondencia privada, pero, en este caso, era oficial y dirigida al comandante general de la flota britanica.

A continuación hace alarde de sus dotes de adivinación al afirmar que, <<A aquella misma hora, Gutiérrez reunió a sus oficiales y, tras repasar las medidas y las ordenes, añadió: "Por mis años, soy el más antiguo de los combatientes y, por ello, reclamo el honor del primer puesto en la lucha para ofrendar mi vida por la Patria... >>. Profundamente conmovido por tan patriótica arenga que el Sr. Pérez Ortega atribuye al general Gutiérrez, hemos consultado casi toda la bibliografía local publicada sobre el tema, para tratar de aclarar el pasaje en cuestión, pero no hemos encontrado ningún autor que haga referencia al mismo.

Al narrar los acontecimientos, nuestro tan mentado autor nos afirma que el cañón "Tigre" cercenó el brazo de Nelson, con lo cual quedan resueltas las dudas que sobre el particular han venido manteniendo los diversos autores que se han ocupado del tema. Además nos aporta un nuevo dato al decirnos que el comandante en jefe de las fuerzas desembarcadas era el capitán Samuel Hood, cuando nosotros teníamos entendido que lo era el capitán Troudbrig.

En fin, la lectura del libro del Sr. Pérez Ortega, nos ha servido de acicate para entender como no se debe escribir un texto sobre historia, por muy osado que uno pueda considerarse, y mucho menos manipular, o tervigersar los hechos conocidos, ello supone no sólo una falta de respeto hacía los historiadores que han tratado el tema, especialmente cuando son citados, sino que, además, es pretender escribir la historia con medias verdades que es la peor de las mentiras.

EL BAILE DE LAS RECOMPENSAS

Desde el mismo momento de la retirada de las tropas británicas, comenzó el coro de plañideros en solicitud prebendas y mercedes a la corona española. Como suele suceder en aquellos gobiernos donde impera el absolutismo, las prebendas fueron solicitadas basadas en criterios de afinidad, simpatías o intereses de quien recomienda a las personas que deben ser distinguidas. En el caso de la defensa de Santa Cruz por el pueblo de Tenerife, los primeros beneficiados fueron dos sujetos que, posiblemente, no tenían idea de donde se encuentran las islas Canarias. El comandante general Gutiérrez no perdió tiempo en sacar provecho del choque con los ingleses, recomendando a sus sobrinos Don Francisco y Don Pedro Gutiérrez destinados en regimientos españoles los cuales, como es de suponer, no intervinieron para nada en la defensa de la plaza. Aún así, las recomendaciones fueron consideradas, según escrito dirigido a Gutiérrez por el valido Manuel Godoy (Príncipe de La Paz) con fecha 14 de Octubre de 1.797.

El primer oficial español recomendado por Gutiérrez para el ascenso al grado de Brigadier, fue el controvertido coronel y teniente de rey en la isla Don Manuel Salcedo, seguidos del ingeniero jefe Don Luis Marqueli; y don Marcelo Estranio comandante y coronel del Real Cuerpo de Artillería, miembros los tres de la plana mayor, e implicados con otros en "la hora del desconcierto".

Propone Gutiérrez, para los grados de coroneles con sueldos de tenientes coroneles vivos a los siguiente sujetos: Don Juan Guinther, capitán y comandante accidental del Batallón de Infantería de Canarias, y al teniente coronel Don Juan Creagh, capitán del mismo batallón, ambos así mismo de la plana mayor.

Son propuestos para el grado de coroneles: el teniente coronel Don Marcelino Prat, sargento mayor de la isla; y el teniente coronel Don Pedro Higueras, gobernador del fuerte de Paso Alto

Para el grado de tenientes coroneles, son propuestos los sujetos siguientes: don Eduardo y don Vicente Rosique capitanes del Real Cuerpo de Artillería; el capitán Don Juan Creagh y Grabiel, ayudante mayor del Regimiento de Milicias de Garachico; el capitán Don Juan Bataller, primer ayudante del Batallón de Infantería de Canarias; Don Luis Román, capitán del Regimiento de Milicias de Güímar; el capitán de infantería agregado al Estado Mayor de la plaza, Don José Víctor Domínguez, ayudante del general, para quien se solicita además del ascenso el sueldo de capitán agregado; al capitán Don José de Monteverde, gobernador del castillo de San Cristóbal, y capitán Don Bartolomé de Miranda, gobernador del castillo de San Francisco del Risco (Gran Canaria), quien fue designado por Gutiérrez gobernador de la torre de San Andrés, al encontrarse circunstancialmente en la plaza de Santa Cruz en los días en que se produjo el ataque.

Continuará...

* benchomo@terra.es